
- En septiembre de 1976 se concedió la licencia a los cines ABC Park, levantados en el solar del Colegio de Huérfanos de San Vicente
FRANCISCO PÉREZ PUCHE, CRONISTA OFICIAL DE VALENCIA
«Cines a go-gó», titulamos en el periódico siguiendo un término muy de moda en aquella época. Y es que el Ayuntamiento acababa de aprobar el primer proyecto de multicines, un edificio dedicado por entero a diversas salas de proyección. Fue el primero de Valencia y, según el estudioso Miguel Tejedor, el primero de España y puede que también de Europa. No fue fácil el «cosido urbanístico» de cines, centro comercial, banco y estacionamiento que se hizo en aquel punto de la ciudad… sobre lo que había sido un colegio de huérfanos, donde se hacía cine, por cierto, desde 1904. Pero, medio siglo después, todo sigue funcionando.
Día 17 de septiembre de 1976. La corporación municipal tiene sobre la mesa un asunto urbanístico de encaje delicado: el antiguo Colegio Imperial de Niños Huérfanos de San Vicente Ferrer, después del hundimiento que hace unos años sufrió en parte de su techumbre, se ha derribado por ruina y tiene en marcha su traslado a las afueras de la ciudad, a San Antonio de Benegéber. Así es que queda un hermoso y céntrico solar que da a la calle de Colón, y a las de Lauria y Pérez Bayer. Allí ya se ha concedido licencia para levantar un centro comercial de Galerías Preciados, de ocho plantas y tres sótanos. Pero entre la sede del Banco Coca y de Preciados queda un gran espacio, con salidas a Lauria y Pérez Bayer, donde el empresario Emilio Pechuán Porres, el mayor promotor de espectáculo que ha dado Valencia, pide licencia para construir un multicine.
Las salas serían seis y permitirían una novedad en el mundo del espectáculo: elegir película entre una oferta variada. Incluso una familia se podría dividir y seleccionar a su gusto entre las diversas historias en cartel. Aquí, en el proyecto que desde la Navidad de 1977 llamamos todos Cines ABC Park, se pretendía construir dos salas grandes (800 espectadores), dos medianas, de 700, y dos pequeñas, de 300 butacas cada una, gracias a un proyecto arquitectónico de Luis Gutiérrez Soto, profesional especializado en cines.
El Ayuntamiento, presidido entonces por el alcalde Miguel Ramón Izuierdo, solo puso una condición a la licencia de obras: la solución del ya entonces espinoso asunto del estacionamiento de Galerías Preciados, que estaba llamado a ser útil también para los espectadores del cine. Porque desde que se concedió la licencia al centro comercial, con la condición de que su aparcamiento estuviera abierto día y noche, el proyecto se había configurado como uno de los más enrevesados del urbanismo de la ciudad.
Colegio de Huérfanos
En su libro ‘Els cines de València’ (Ayuntamiento, 2021), Miguel Tejedor afirma, como hemos anotado, que en 1904 ya se hizo cine en el Colegio Imperial de Niños Huérfanos de San Vicente Ferrer, que ocupó todo el solar que nos concierne. Ángel García Cardona proyectaba allí sus propias producciones, pocos años después de que los hermanos Lumiere divulgaran su invento. Así nació un cine singular, el San Vicente, que se llamó a sí mismo «El cine de los niños» y que se especializó en películas adecuadas para jóvenes y chavales: cine de aventuras, dibujos animados, seriales del oeste, etcétera. El patio de la institución habría de ser, en los años cuarenta y cincuenta, un buen recinto para ofrecer cine de verano, la alternativa de unas salas a las que no había llegado la refrigeración.
En 1962, sin embargo, y dado que la sala era una segura fuente de ingresos para los fines benéficos de los religiosos encargados de los huérfanos, se hizo una transformación: nació el cine Lauria, este con programación para mayores y acceso desde la calle de Colón. Los datos que Tejedor aporta señalan, pues, que el ABC Park es un punto de la ciudad con una tradición cinematográfica que ya supera los 120 años.
San Vicente Ferrer
Más historia hay, sin embargo, tras la institución que lleva el nombre del santo valenciano. Porque fue en 1410 cuando el propio Vicente Ferrer fundó, cerca de la actual Finca de Hierro, donde estuvo el antiguo Cobertizo de San Pablo, un hospicio para niños y niñas huérfanos. «Els beguins», hermanos de la penitencia, cuidaban de los acogidos y les enseñaban un oficio para cuando, mayores de edad, tuvieran que salir al mundo. La propia casa donde nació el santo, y el convento de Predicadores, donde vivió, fueron locales que también albergaron a los huérfanos acogidos, numerosos sin duda en la ciudad.
La caridad del pueblo era la fuente de sustento de la casa. Los niños, según la tradición, iban a los entierros de la gente importante, para reunir de ese modo limosnas. La larga historia de la institución nos habla de unas ordenanzas de 1547 y de tiempos duros de falta de recursos. O de mala administración, que determinó un cambio de ordenanzas y nuevo modelo de patronazgo. El solar de los cines y el centro comercial, con todo, fue donado a la institución en 1624: era una casa cuya propiedad se atribuía al emperador Carlos, razón por la que el Colegio tomó, y lleva, el sello de Imperial.
Situado junto a la muralla, aquel no era el mejor lugar de la ciudad. Pero habría de serlo con el paso de los siglos. En todo caso, lo que es muy destacable es que, gracias a la tutela de las ayudas benéficas del Ayuntamiento, que se hicieron evidentes en el siglo XIX, ha sido posible la continuidad de un colegio para huérfanos que ha funcionado y funciona a lo largo de seis siglos.
Docenas de chicos y chicas, muchos abandonados cuando eran bebés, dejaban la casa con un oficio y una formación cristiana, al cumplir los veinte años. Un maestro y una mujer que llevaba el título de «madre de los niños», dirigían la educación, supliendo las figuras ausentes del padre y la madre. Los estudiosos indican hechos relevantes: en el siglo XVIII se enseñaba a todos los huérfanos a leer y escribir, un hecho muy poco frecuente en otras instituciones de custodia infantil con modelos más restrictivos.
Fuente: https://www.lasprovincias.es








