
FRANCISCO PÉREZ PUCHE, CRONISTA OFICIAL DE VALENCIA
En 1874, el periodista y escritor Teodoro Llorente, fundador y propietario de LAS PROVINCIAS, emprendió una aventura literaria singular: traducir del francés la biografía que el barón Charles Tortoulon había escrito de Jaime I el Conquistador. Dos años después, en 1876, Tortoulon viajó a Valencia y se unió a los funerales y actos académicos celebraos en honor del rey, con motivo del VI Centenario de su muerte. Los expertos señalan que ese cruce de caminos de historia y literatura encierra el inicio de la Renaixença de nuestra lengua y literatura valencianas.
Pese a su estampa de caballero apacible de corbatín, chaleco y anteojos, Llorente, al menos en sus años jóvenes, era una máquina de iniciativas. Su despachito del periódico, entonces en la calle de Caballeros, era como el puente de mando de un barco. Desde allí puso en marcha la celebración de unos actos destinados a evocar el VI Centenario de la muerte de Jaime I que incluyeron un gran funeral en la Catedral y un certamen literario como pocos en el Colegio del Patriarca. Y lo hizo en torno al 27 de julio; con los asistentes vestidos como tocaba, de frac y chistera, a pesar de que aquel verano fue, en todo Europa, al menos tan caluroso como ha sido el de 2026.
Llorente, además de una redacción de calidad, contaba con su hermano Felicísimo, teniente de alcalde en el Ayuntamiento, a la hora de construir la arquitectura de los eventos. La Valencia que ese verano había inaugurado el servicio de tranvías de caballos, la Valencia volcada en el Centenario de la Real Sociedad de Amigos del País, se sumó enseguida a unos festejos que reunían la virtud de evocar la historia más gloriosa del Reino y celebrar un elegante certamen de música y poesía. Todo ello, en el «marco incomparable» de la Feria de Julio; donde, después del sofocón de las tardes de toros, se iban a dar noches de bailes elegantes bajo miles de luces de gas.
Un monumento
Una de las primeras iniciativas que Llorente tomó para ensalzar la figura del rey fue la de levantar un monumento en su honor. Logró que el Ayuntamiento hiciera una donación inicial y que reservara un espacio en el Parterre. Pero el resto tenía que ser, como fue, dinero privado. Por eso en la Feria de Julio, ese año y muchos más después, funcionó una tómbola como cualquier otra, destinada a recaudar fondos; en las páginas de LAS PROVINCIAS podemos comprobar cómo iba cada mes la recaudación.
La historia de ese monumento, que fue inaugurado tras quince años de brega, incluye episodios tan pintorescos como el de Llorente y su junta directiva pidiendo al ministerio de la Guerra que les cediera unos viejos cañones de bronce que estaban olvidados en el castillo de Peñíscola, para enviarlos al taller fundidor de la escultura, obra del maestro catalán Agapito Villamitjana. Hasta el transporte en ferrocarril de los cañones lograron que se les regalara.
Ese clima de recuerdo y elogio de Jaime I, cuando se cumplían 600 años de su muerte, se vio acompañado de noticias alentadoras sobre una posible restauración de las tumbas reales del monasterio de Poblet, hipótesis en la que se estaba moviendo el arquitecto Gaudí y sus amigos. No es preciso un gran esfuerzo para entender que, en España, tras la primera República y sus vaivenes, se había producido la Restauración monárquica. Alfonso XII, el Rey, era el símbolo del sueño de que una monarquía constitucional pudiera dar estabilidad y prosperidad al país, castigado por tantas y tan dolorosas guerras.
Fiestas de Julio
El programa de corridas de toros tuvo, para empezar, la amenidad de un toro que se escapó en los muelles de descarga de la calle de Játiva. El diestro Antonio Carmona, Gordito, pasaba por allí por casualidad y pudo llevarlo de nuevo a los corrales. Pero cuando las corridas empezaron a celebrarse, Gordito se lesionó y Frascuelo, su compañero de cartel, tuvo que despachar solo ocho astados de la ganadería de Murube. En aquellos tiempos recios, las tres corridas de Sant Jaume costaron la vida de 81 caballos.
«No es posible imaginarse, sino viéndolo, el número incalculable de forasteros que encerraba ayer nuestra ciudad. En las calles era difícil sino imposible el tránsito, y las fondas, las casas de huéspedes y las posadas estaban tan atestadas de gente, que algunos miles de forasteros no han podido alojarse y han dormido estas últimas noches en las anchas aceras de la plaza de las Barcas, los bancos del Parterre y los largos andenes de la Alameda». Estos párrafos, publicados el 26 de julio de 1876 en nuestras páginas, dan idea del gentío que llenó Valencia en aquella ocasión.
Es el gentío que se arremolinó en el recorrido que la comitiva oficial hizo desde el Ayuntamiento a la Catedral, el 27 de julio. La Senyera salió del Ayuntamiento, situado en la calle de la Sangre. La llevó Lorenzo Yáñez, síndico de la corporación, auxiliado por el secretario y el abogado del Ayuntamiento. Tras ella marcharon todas las autoridades y representaciones. Y el pueblo vio pasar un carro fúnebre, empavesado de lutos, tirado por ocho caballos negros, con dos jinetes y ocho palafreneros con peluca. Para cumplir el ritual, un caballo negro, sin jinete, ‘encubertado con el escudo negro vuelto en señal de luto’, dio paso al desfile de cuatro carrozas antiguas aportadas por casas nobles: Parcent, Sardanyola, Dos Aguas…
En el carro fúnebre, el pueblo vio pasar los recuerdos del rey Conquistador: su escudo y una espada llegada de la Armería Real de Madrid junto con otros objetos antiguos. No era, por cierto, la espada de guarda el Ayuntamiento; según las descripciones publicadas era un arma mayor y de formato más antiguo, que ingresó en los almacenes estatales de Madrid procedente de Mallorca. Varias bandas de música y los niños de todos los hospicios acompañaron el cortejo donde los estandartes de los gremios lucían crespones negros. Con mucho calor y solemnidad, la Catedral albergó una ceremonia funeral por el monarca. Nuestro periódico habló de «severa pompa» y «lujosa gravedad». Y para dejarlo bien claro hizo que toda su portada del 27 de julio fuera la más grande esquela que nunca hemos publicado, dedicada a Jaime I.
Fuente: https://www.lasprovincias.es







